En una de las reuniones semanales de entrenamiento para los profesores de universidades en México que tenemos una vez por semana en nuestra escuela, uno de los maestros se paró en el centro del círculo que formábamos todos los demás. Éramos docentes de todos los grados de preescolar y primaria. Estas reuniones son para aprender aprender técnicas que promueven sanación y conexión, en lugar de disciplinar y dar castigos. La pregunta en aquel momento era: de lo que trabajamos la semana pasada, ¿qué han estado pensando a cerca de las prácticas restaurativas? Un pensamiento, una sugerencia, cualquier cosa que hayan notado, nos dijo el profesor.

El ambiente en nuestro grupo estaba burbujeante. Fuimos levantando la mano y las respuestas comenzaron a volar. Y luego terminaron con la respuesta del profesor que estaba al centro: Yo he notado los corredores. Todos guardamos silencio, esperando que continuara explicando lo que quería decir.

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El profesor del que hablo, es un hombre que lleva 14 años dando clases. Luego de trabajar en una escuela donde los alumnos tenían un nivel económico medianamente alto, decidió tomar un puesto en una escuela pública, donde los retos eran mayores. Ha dado clases ahí durante nueve años y después de eso se había acostumbrado a sus pasillos atiborrados de alumnos. Pero por primera vez, la semana pasada, se tomó el tiempo para detenerse en uno de estos pasillos para observar y escuchar. Se dio cuenta que el ruido en el pasillo estaba presidido por voces duras, como ladridos, que provenían de algunos adultos. Los chicos no les ponían mucha atención. ¿Cómo puede alguien cambiar una situación como esa?

En lo personal he observado muchas escuelas. He estado en muchísimos corredores como los corredores de la escuela de mi compañero, llenos de órdenes militares que no imprimían más que negatividad al ambiente: No corras. Guarda silencio. Para. Entiendo que los profesores tienen que lidiar con mucha presión y están exhaustos. Y los corredores hostiles como esta, no son exclusivos de las escuelas públicas o de bajos recursos. Las comunidades de todo tipo, pueden insistir en una política de cero tolerancia a la indisciplina. En nombre del orden, muchos chicos quedan impregnados con la furia, frustración e impaciencia de los adultos.

¿Pero las órdenes de control y disciplina realmente enseñan a relacionarse de buena manera?

En un artículo que leí recientemente en la revista estadounidense Atlantic Magazine, que hablaba de una preparatoria en el Estado de Washington; esta preparatoria alternativa ayuda a los chicos con problemas de comportamiento, el cual, se sabe de antemano deriva de algún tipo de trauma. Pero, ¿por qué necesitamos de un diagnóstico? Todas las escuelas deberían de asumir la presencia de trauma, tanto en alumnos como en el personal y estar preparados para prevenir y responder bien a los malos comportamientos que son desencadenados por el trauma. Es muy interesante ver, que cada una de las técnicas que aplican en esta escuela, son lo que nosotros llamamos prácticas restaurativas. Ellos lo llaman “bondad”, lo cual me parece bien. Estoy totalmente de acuerdo con la bondad.

bondad en la enseñanza

Las prácticas restaurativas, promueven las buenas relaciones y comunidades de apoyo fuertes. Previenten y reducen el conflicto. Los profesores y el personal de la escuela de Washington siguen unas pocas reglas: No tomes nada de lo que un estudiante diga, de forma personal y no imites tu comportamiento con una explosión. Los profesores le dan tiempo a sus estudiantes para que se calmen, generalmente en la dirección, o en alguna habitación tranquila. Más tarde, les pregunta que fue lo que los estaba molestando y les preguntan si quieren hablar al respecto. Haz preguntas. Últimamente he estado pensando que la respuesta más bondadosa hacia un comportamiento indeseado es hacer un montón de buenas preguntas. No preguntas como: ¿por qué haces eso? No, es algo más como: Pareces estar mal. ¿Qué tienes hoy? Y eso puede no ser bondadoso, si la pregunta no se hace en un registro de voz bajo, con calma y mirando directamente a los ojos. Ten cuidado de no sonar como si ya supieras la respuesta. Las preguntas bondadosas, no siempre logran desactivar la tensión. Pero le dan a todos, adultos y estudiantes, traumatizados o simplemente molestos, la oportunidad de reponerse reflexionando sobre lo que está sucediendo con ellos mismos y lo que los molesta. Las buenas preguntan pueden otorgar gentileza.

Hace algunos años visité una escuela urbana que ponían música en sus pasillos para los momentos de transición. Cuando sustituimos las chicharras o campanas por música clásica tranquila, los jóvenes circulan con más calma. La música les marca un ritmo. Los profesores, aunque supervisan, confían en que los chicos sepan comportarse.

Los chicos de todas las edades, aprenden mucho más del modelaje adulto que de la instrucción formal. Se nos olvida con frecuencia que los chicos son orgánicos, seres vivientes. Necesitan formas humanas de luz del sol, sombra, tierra rica en nutrientes y la cantidad de agua adecuada. Un pasillo hostil no es el medio adecuado para modelar estudiantes que sepan comportarse.

Podríamos suavizar nuestra cultura temerosa y malhumorada, si cada uno de nosotros intentara ser más bondadoso. La bondad no es fácil. Implica reflexión y compromiso con respecto a cómo tratamos a los demás. Los chicos que tienen una experiencia positiva en los corredores de su escuela, a demás de escuela en sí misma, crecerán y aprenderán de modo distinto al de aquellos que no.

 

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